Aún esos amores que juraban cada mañana mirarse eternamente a los ojos aunque pasen los años, aunque las arrugas de la vejez entorpecieran el rosto, aún esos que decían solamente necesitar un protector en verano y un abrazo en invierno.
Se terminan hasta los amores diabéticos, los desvergonzados, los imbatibles, se desvanecen.
Y en ese momento de agonía uno podría encontrar tantos culpables como excusas para creer que puede vivir aún un amor que hace meses está en terapia intensiva. Ese que solo un milagro lo salvaría, para luego seguir viviendo remendado y con respirador artificial constante. Como mostrándote un letargo interminable que solo genera culpa a quien lo mira cada día más moribundo, sin poder darle la paz de un final digno.
Uno siempre quiere darle al otro todo, pero solo podemos dar confianza. Lo demás se compra, se inventa, se construye o se rearma, pero la confianza es lo único que verdaderamente podemos dar. Porque aunque tengamos la costumbre de querer controlarlo todo hay un lugar al que nunca podremos llegar, ni con una visa internacional; y ese lugar es el intangible país de los pensamientos, de los recuerdos, los deseos y la memoria. El único lugar donde todos los humanos somos realmente libres.
Y aunque en ese país comiencen a habitar personas que no conoces, seres extraños que jamás podrás ver siquiera su rostro, nunca podremos llegar a saber qué pasa allí realmente.
Solo nos queda confiar, pero cuando esta se rompe hasta el amor más libre y sano muere.
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