En todas las oportunidades en que pude haber desconfiado, yo elegí creer.
Y todas las veces que pude haberme frenado a tiempo, decidí seguir adelante.
Cada día de mi vida apuesto a confiar, a renacer junto con las oportunidades que se me plantean y no me pesa decirlo.
Me han roto el corazón varias veces, por descuido, por inmadurez y alguna con intención irresponsable también. Pero cada una de esas veces yo elegí estar en ese lugar. Siempre tuve la certeza de donde estaba parada, y aún así elegí siempre apostar a un cambio, a creer en lo que escucho mucho más que en lo que veo.
Aunque la intuición me dijera otra cosa, yo seguí adelante siempre; y no es motivo de arrepentimiento, ni me pesa saberlo.
Puedo decir que aún hoy, con todas las marcas que tengo de haber querido y malquerido, sigo con ese mismo ímpetu de dar lo mejor de mí, sin esperar a cambio nada más que lo que la persona que yo elija tenga para dar.
Así fue ayer, así es hoy y quizás sea siempre, porque tengo claro quién y cómo soy.
Porque tengo una base de valores firme y consistente.
Porque soy débil para emocionarme con una caricia; pero tengo la fortaleza para sacar a la superficie del agua lo que sea que se esté hundiendo.
Porque no tengo rencor del pasado, porque no anhelo el futuro; porque vivo mi presente como tal y trato de disfrutarlo al máximo.
Porque entre mis aspiraciones personales, siempre tengo el ideal de que cada persona se lleve lo mejor de mi y pueda guardarlo en algún lugar de su corazón para siempre.
Porque soy así, caóticamente inolvidable.
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